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consuelo

El año pasado viví un momento muy triste, me enfrenté a la muerte de un amigo, noticia que recibí estando fuera de mí país y mientras caminaba por una calle totalmente sola.  Recuerdo que no supe que hacer, no quería llorar, necesitaba ser consolada y allí estaba yo sin nadie que lo hiciera.  Oré, porque como hija amada de Dios busqué el refugio seguro que nos brinda la oración y de allí me nutrí de la fortaleza necesaria.  Con ella me dirigí al metro luego de llamar a alguien muy querido y quedé de juntarme en una terminal del metro para no estar sola.

Según se acercaba el metro a la estación mi angustia aumentaba y no fue sino hasta que recibí ese abrazo reconfortante sin palabras que pude calmar el torbellino de reacciones que sentía por dentro.  Esta experiencia me hizo reflexionar en una decisión que tomé hace años cuando me “gradué” como madre con el nacimiento de mi primera hija.  Tomé la decisión de no dejarlas llorar sin que supieran que mami estaba siempre ahí para ellas y agotando todo recurso bajo mi manga para calmar su llanto.

Sin embargo, esta decisión no fue fácil, muchos libros y muchas personas me recomendaron el famoso método de ignorarlas o dejarlas llorar para que no me “manipularan” con ciertas cosas.  Tengo una historia muy cómica con mi hija mayor cuando tenía unos dos meses, una amiga visitaba mi casa y mi hija comenzó a llorar, estaba limpia, estaba alimentada y estaba en su bouncer y yo inicié una conversación con ella, le dije “A ver cielo porque lloras, estas alimentada, estas en un techo seguro, mami no te puede cargar ahora…sabes la cantidad de niños menos afortunados que tu? puedes darle un chance a mami y esperar, tener paciencia…prometo cargarte tan pronto pueda”.  Esa conversación la había sostenido miles de veces desde que ella naciera y yo me encontraba en una situación donde no podía atender sus demandas.  Francesca hizo silencio y mi amiga aún cuenta la historia de forma jocosa.

A lo largo de los años siempre ha sido así, lo hablamos, las abrazo, las duermo, seco sus lágrimas y durante sus berrinches aunque llora y no le compro el juguete aquel que me exige, yo me tomo el tiempo de ponerme a su altura, abrazarla y decirle “aunque mami esté enojada (o no haya satisfecho tu demanda) mami siempre te ama”.  No soy experta en crianza ni psicóloga infanto-juvenil, soy madre y mi maternidad la ejerzo en su mayor parte desde el corazón.

Pero aquel día, cuando la tristeza me invadía  yo iba en aquel tren pensando en mis hijas, quienes a millas de distancia eran pequeñas y confiaban en mis brazos para arrullar no solo sus sueños sino también sus penas.  Cómo al haber decidido alimentarles el alma con mi amor y a no dejarlas solas cuando las penas las invadían yo les estaba enseñando que eran amadas y que  cuando estaban tristes tenían un puerto seguro donde venir a buscar consuelo.  Reflexioné que como madre no solo mis pechos le nutrían el cuerpo sino que mi amor, mi atención le nutrían el alma.   Cómo al secar sus lágrimas y ayudarlas a levantarse no las hacía dependientes de mi, las hacía ver la incondicionalidad de mi amor hacia ellas.

Hoy mi hija de 6 años es una vivaracha parlanchina cuyas ocurrencias me hacen reír y maravillarme cada día.  Isabella con 2 años es una fuerza casi incontrolable de energía que nos mantiene a todos bien ejercitados. Ambas me han retado como madre, han retado mi creatividad y han retado cada enunciado de los libros que he leído.  Todo para descubrir al final que la maternidad se siente en el corazón y que es totalmente personalizada, cada niño con un método diferente que da resultado…sin embargo todo con un común denominador…amor…amor por montones!!!!.

Karolyn Castro ©

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