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Era cerca del medio día y me dirigía a tomar el tren desde Bay Ridge hasta Manhattan.  Tendría que hacer un cambio de tren a mitad de camino y fue en ese punto, en aquella plataforma mientras esperaba el tren en el que haría el trayecto más largo de mi jornada, cuando lo vi.

Arrastraba consigo uno de esos carritos pequeños de dos ruedas, con un diseño tartan de verdes y azules.  Sus manos delataban que su vejez no estaba tan avanzada como su aspecto le hacía parecer.  Estaba sucio, desarreglado y se veía metido en su propio mundo.  Típico de los usuarios del subway newyorkino comenzaron a caminar poniendo algo de distancia entre aquel señor y ellos.

El estruendoso sonido del tren anunciaba la llegada del “D”.  El recorrido total a Manhattan es de unos 35 minutos más o menos.  Al entrar tomé un asiento pegado a una ventana, me gustan porque al cruzar el puente puedes deleitarte con la vista de la ciudad, cosa que ya los ciudadanos de esta ciudad no aprecian pero que para nosotros, los turistas, es un regalo extra que obtienes por utilizar los servicios de transporte público de la ciudad de Nueva York.

Al arrancar el tren me percato de que hay aún varios asientos vacíos pero que el señor desarreglado de la estación estaba de pie agarrándose con una mano de uno de los tubos, mientras que con la otra sostenía su carrito.  Estaba parado bastante cerca del lugar donde estaba sentada y al mirar a los otros ocupantes pude ver carteras en el asiento del lado, piernas abiertas y comprendí que el había sentido el rechazo por su apariencia. 

Mi primera reacción fue ponerme a escuchar música y no meterme en asuntos que no me competían.  Pero, en aquel momento recordé una lección de vida que en el mismo subway me diera hace un tiempo una persona muy importante para mí.  Recordé “El trabajo de un ángel” y debo admitir que decidí ser diferente, le hice un gesto de que se sentara a mi lado a aquel señor, ante la mirada atónita de los que estaban a mi alrededor.  

Lo vi mirar de un lado a otro y luego fijar sus ojos, que en aquel momento pude ver eran de color azul, en mis ojos color negro con un gesto de incredulidad.  Volví a repetir el gesto y esta vez el se acercó un poco y me dijo “Gracias pero estoy sucio y huelo algo mal, estoy bien aquí de pie”.  Con verguenza debo admitir que en aquel instante si pude oler al caballero y calculé que serían unos treinta y cinco minutos retadores, hice lo que suelo hacer cuando quiero obtener algo, sonreí.

Su confusión era clara y para aquel momento los newyorkinos, que probablemente me habían catalogado de loca, se habían olvidado de mi existencia.  Me conmovió que aquel señor se preocupara por mi, cuando el probablemente no tenía una casa donde ir a descansar.  Le contesté con una sonrisa “no importa, usted no me ha visto o me ha olido a mi cuando termino de hacer ejercicio…le aseguro que mi aspecto es mucho más terrible”.  Dudó por unos minutos pero al final se sentó.  Lo vi hacerlo en la punta del asiento, arrimando su coat y tomando todas las precauciones para no tocarme.

“Muchas gracias jovencita”, me dijo.  Volví a sonreír y le dije “No hay de qué, me llamo Karolyn, vengo de un país que se llama República Dominicana y usted?”.  Me contó que se llamaba George, que era newyorkino y que nunca había abandonado la ciudad.  Que no tenía hogar, que vivía de limosnas y en lugares que acogen a personas como el.  Le pregunté si tenía familiares, me dijo que si, que dos hijos pero que se había distanciado de ellos porque durante una época fue alcohólico.  Que tuvo una posición económica muy buena pero que todo lo despilfarró y que al morir su esposa ya no supo que hacer.  

Tuve que contener las lágrimas, parece que George se dio cuenta y me preguntó sobre mi.  Le dije que yo si había dejado mi país y que conocía varios países en el mundo.  Que era escritora y George me interrumpió, me dijo:  “Escribirás sobre mi?”, le dije “Probablemente”.  El sonrió, una dentadura casi perfecta y me dijo “seré famoso?” y yo le dije:  “No se…yo misma no soy famosa”.  Ambos reímos y luego nos quedamos en silencio por un rato.  

En unas tres estaciones más tendría que despedirme de George.  Abrí mi cartera y George con cara seria me dijo “no quiero dinero” le dije “no pensaba dártelo”.  Tome papel y lápiz y desde mi teléfono celular anoté la dirección de un lugar que había visto en una nota de esas que comparten por Facebook.  Era un bath house o casa de baño del estado donde atendían a personas mayores sin hogar, allí recibían baños y afeitadas gratuitas.  Tomé la nota hace siglos porque quería hacer un reportaje del lugar pero en aquel momento sentí que la información era más importante para el que para mi.

Le expliqué del lugar y el me dijo que no sabía que ese tipo de lugares existían todavía.  Le di la nota y se quedó mirando mi caligrafía.  Me dijo que tenía la letra de una persona de carácter fuerte, pero que mi sonrisa enmascaraba eso.  Al aproximarse el tren a mi estación, la opulenta “Rockfeller Plaza”, George se paró del asiento y me dijo “Karolyn usted es la mujer más extraña que he conocido en New York”.

Sonreí y nos despedimos, el asegurándome que iría a ese lugar y yo dándole las gracias por el cumplido.

Karolyn Castro ©

New York City, Train D.  Abril 4, 2016.

2 Replies to “George y el subway de Nueva York”

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