Tenía 3 años de edad y utilizaba botas ortopédicas cuando mis padres, mi hermana y yo nos mudamos, junto a mi abuela paterna, a un pequeño apartamento situado en un barrio aledaño a la Zona Colonial llamado San Lázaro.  Recuerdo con claridad cuando mi padre tomara la primera foto en el jardín frontal de quienes eran nuestros vecinos del primer nivel.  También recuerdo la foto que nos tiraran años después, a mi hermana y a mi en el primer día de clases de nuestro colegio, frente al club deportivo y cultural de San Lázaro.

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Crecer en San Lázaro fue toda una aventura con la que pudiese escribir un libro, si así me lo propusiera.  De esas vivencias puedo contar los cientos de juegos de “baronazo” (se escribe así?) que tuvieron lugar frente al edificio donde vivíamos, en una época cuando los carros no eran tan populares en nuestro barrio.  Recuerdo las aventuras de patines y bicicletas en sus calles y recuerdo la señora de la fritura que estaba en el parque San Miguel, si cierro los ojos casi puedo volver a probar las torrejitas de bacalao que eran mis favoritas o la carne salada y la longaniza que tanto le gustaban a mi padre.

Soy Lazareña, aunque tenga años que no viva allí.  Nací en Santa Bárbara, un barrio situado en plena Zona Colonial, pero llegué muy pequeña a mi querido barrio y no hay nadie que me discuta mi origen Lazareño.  San Lázaro me regaló vecinos que fueron hermanos, Cinthia, Lourdes, Amín (cuya muerte me trae aún gran melancolía), Giovanka, Francisco..hoy aún sigo en contacto con ellos y muchos otros más, como si hubiese sido ayer que en pantalones cortos pasáramos las noches de verano jugando en las calles.  Tuve también una familia extendida, Minga, Doña Alicia y Nanita fueron otras abuelas, las madres de mis amigas fueron mis madres también.  Tuve primos que no eran mis primos, tios, tias que tampoco lo fueron.  Al venir de una familia muy pequeña, tuve la bendición de que San Lázaro me regalará una familia un poquito más grande.

Creo que puedo decir, sin temor a equivocarme, que en mi barrio desarrollé mis habilidades estratégicas y analíticas.  Cuando entre sus calles rondara mi primer amor, tuve que desarrollar estrategias para escaparme a verle, todo con ese toque de rebeldía riesgosa que te da vivir en una comunidad donde todos se conocen.  Todavía hoy, muero de miedo al pensar que mi padre hubiera descubierto tan atroz atrevimiento de su hija mayor (y quienes conocían a Don Manuel, que en paz descanse, saben a lo que me refiero).

Al iniciar mis años universitarios y comenzar a trabajar, mis pasos se alejaron un poco de mi barrio.  Salía a las 7 am. a trabajar y luego seguía a la universidad, llegaba a mi casa agotada a estudiar porque tenía un índice que debía mantener para poder continuar siendo beneficiada con la beca que me había ganado un lugar en una de las universidades más prestigiosas del país.  Luego llegó el momento de casarme y salir a vivir fuera del lugar donde había vivido toda una vida. 

Hoy hace 15 años que no vivo en San Lázaro, mi madre estuvo viviendo allí hasta hace unos tres años cuando mi vi forzada a sacarla del hogar donde nos criara a mi y a mi hermana, y donde viviera la mayor cantidad de esos cincuenta y tantos años que estuvo casada con mi padre.  A pesar del tiempo, de vez en cuando, tomo mi auto y llevo a mis hijas a dar un paseo por aquellos lugares en los que su madre creciera, les hago historias, con el afán de que ellas aprendan de mis raíces y de que yo nunca las olvide.

Todavía, con melancolía, extraño el calor y la camaradería de las personas del barrio, del sentido de hermandad que se vive cuando te crías entre gente sencilla y afable.  Es lindo cuando me encuentro con alguien “del barrio”, ya sea aquí en República Dominicana o en la ciudad de Nueva York, es como un viaje al pasado, las historias fluyen y las sonrisas no pueden contenerse.  Ser Lazareño es una estirpe, es un título honorífico que cargas contigo toda una vida, estés donde estés.  

Hoy veo a través de las redes sociales que se reactiva el deseo de rescatar nuestro Club Deportivo y Cultural, que nuevas y frescas generaciones tratan de darle un giro, desafiando lo que ha sido común por historia.  Debo admitir que me hizo sentir feliz, pues he visto los logros que Clubes deportivos y culturales bien administrados han tenido en otros barrios.  Pertenezco a una generación que vivió un club que aportó poco, un club que con los años vi apagarse, deteriorarse, al punto de que se sepultara su gloria.  Quiero, si esta entrada alcanza a algún Lazareño, invitarle a reflexionar con esta frase de Benjamin Disraeli, un político y escritor inglés.

” En una nación en progreso, el cambio es constante, el cambio es inevitable”

Buena suerte mi San Lázaro, en esta tu etapa de cambio!.  No temas cambiar, no temas transformarte, no temas romper con viejos esquemas.  Lo que te hace único es eso que llevamos dentro todos los que tenemos el privilegio de llamarnos Lazareños.

Karolyn Castro ©

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